viernes, 26 de enero de 2007

Defensa de los imbéciles

No hay en el mundo raza más necesitada y prolífica que los imbéciles. Si no hubieran existido hombres geniales, seríamos todavía bárbaros; pero sin estúpidos, el género humano hubiera terminado hace ya mucho tiempo. Y es un gran argumento a favor de la Providencia que en todo tiempo sean justamente ellos os más numerosos y los más poderosos. A veces ha transcurrido medio siglo sin que apareciera un ingenio soberano y fuera de lo corriente, pero cada día que amanecer ve crecer y florecer “el infinito linaje de los tontos”.

Los encontramos por todas partes, incluso allí donde no nos lo esperaríamos, y no solamente en puestos humildes, subalternos y oscuros, sino en los primeros y más altos. Puede decirse que los imbéciles forman el máximo cuerpo de la Humanidad, de manera que estudiar al hombre es lo mismo que definir la naturaleza de los mediocres y de los idiotas. “Son bobos –decía el agudísimo Gracián- todos aquellos que parecen tales y la mitad de aquellos que no lo parecen”. Y como la mayoría son reconocibles a primera vista como imbéciles incluso por los inteligentes más distraídos, fácil resulta hacer la cuenta y llegar una suma no demasiado distante del total de los habitantes del planeta.

Este cálculo parecerá exagerado e irreverente a quien no advierta que el verdadero imbécil, la mayoría de las veces, está segurísimo de que no lo es. Habrá quien reconozca la propia fealdad, la propia miseria, e incluso las propias infamias; pero todos, y más que nadie los necios, están segurísimos de poseer tanta inteligencia como para igualar o superar a la mayor parte de aquellos que viven cerca de ellos. No hay imbécil por derecho de nacimiento que, al cabo del día, no tenga por imbéciles a sus vecinos y compañeros, y justo en estos juicios y que con frecuencia sólo en ellos demuestra que no es imbécil, sino clarividente.

Ya que no hay que creer que los imbéciles más sólidos y seguros sean aquellos pobres insensatos que nada dicen ni hacen. La gran máquina del mundo no tiene mecánicos más activos y universales que los tontos. No retenidos por la duda de los reflexivos, ni por la humildad de los grandes, ni por el sentido de responsabilidad de los sabios superiores, dan prueba de una jactancia y de una seguridad que al mismo tiempo consuela y asusta. Todo país está lleno de imbéciles que escriben, que enseñan, que hablan a los pueblos, que conciertan asuntos, que administran y gobiernan, que fabrican teorías y obras de todas clases. ¡Ay, si no estuvieran! ¿Quién se resignaría a muchas de aquellas profesiones que endurecen el ánimo y entristecen el ingenio? ¿Quién haría aquellos innumerables quehaceres más o menos útiles que procurarían insoportable fastidio y asco a un espíritu noble, contemplativo y delicado?

Los necios son, en resumen, extremadamente necesarios para la marcha de la familia humana, y, de manera particular, más necesarios a los no imbéciles. Con respecto a éstos, ejercen un oficio similar al de los antiguos esclavos, asumiendo alegremente una infinidad de cargas, de fastidios y de horrores que los genios rechazarían, y además sirven a los grandes como perspectiva y fondo para darles mayor volumen y realce. Si todos fueran inteligentes, ¿qué mérito tendría la inteligencia? Y si la mayoría fuesen genios, ¿a dónde iría a parar la voluptuosidad de sentirse más arriba que los demás?

Es también verdad que la convivencia con los idiotas resulta un martirio constante para aquellos que no son idiotas. Poner a un hombre grande en compañía de tontos, y la mayor parte de las veces éstos se burlarán de él, lo detestarán o por lo menos lo comprenderán mal. Toda su grandeza sólo le servirá para sufrir, callar o ponerse la máscara de necio. Pero el desdén que los tontos provocan en los sabios es señal de poca sabiduría, de ingratitud y acaso de envidia, ¿Qué culpa tienen los imbéciles de su imbecilidad? Y si ésta fuese curable con una iluminación sublimadota, ¿quién debería sanarla? ¿Acaso no debieran ser aquellos a quienes Dios ha concedido el don de un ingenio sublime y luminoso?

Nadie se indigna al ver una criatura deforme, o con la nariz roída por un lupus, ¿y vamos a enfadarnos si nos encontramos entre los pies, como sucede a cada momento, con hombres de mente torcida, de corazón mal hecho y de alma deshabitada? Escuchar sus palabras es perjudicial, ya que la idiotez es irritante y contagiosa; tratarlos con demasía es aconsejable, porque un imbécil difícilmente llega a ser generoso; querer ir contra ellos es propio de locos, porque constituyen la mayoría y suelen ser impertérritos y tenaces como la estirpe asnal. De forma que sólo quedan dos caminos: educarlos o tolerarlos. El primer partido suele ser desesperado; el segundo, penosísimo.

Y de aquí nace el rencor despreciativo que los hombres de ingenio demuestran hacia la ilimitada masa de idiotas pululantes e imperantes. Más en la aversión de los inteligentes suele haber un fermento de envidia. Y no sin excusas, ya que entre los imbéciles, más que entre el resto de los hombres, se encuentran los felices y los poderosos. Más inteligencia, más dolor; ergo, menos inteligencia, más paz y satisfacción. Nadie está más seguro de sí mismo y de su ser que un tonto perfecto: en su interior no hay tragedias, ni dramas, ni angustias, ni desesperaciones. El alma le da poco fastidio, porque está casi apagada; la única cosa que le entristecería es aquella que durante toda su vida ignora, es decir, el ser un tonto.

Y no es maravilla si la mayor parte de las veces los imbéciles alcanzan mayor éxito en el mundo que los grandes ingenios. Mientras que éstos se encuentran con que deben combatir contra sí mismos y, como si ello no fuera bastante, contra todos los mediocres que detestan por instinto cualquier forma de superioridad, el imbécil, a donde quiera que vaya, se encuentra entre sus pares, entre compañeros y hermanos, y , por un natural espíritu de cuerpo, es ayudado y protegido. El estúpido solo enuncia pensamientos usuales en forma corriente, y por ello es aprobado por sus semejantes, que son legión, mientras que el genio tiene el terrible vicio de oponerse a las opiniones dominantes y de querer alterar, junto con el pensamiento, la vida de la mayoría.

Eso explica por qué las obras y las hazañas de los imbéciles son tan abundantemente solicitadas y admiradas. Casi todos los que juzgan son de la misma levadura y de los mismos gustos, y aprueban con entusiasmo las cosas hechas o dichas por alguno un poco más hábil que ellos. El favor casi universal con que se acogen los frutos de la imbecilidad instruida y temeraria aumenta la ya copiosa felicidad de éstos. En cambio, la obra del hombre grande únicamente pude ser comprendida y admirada por sus iguales, que son, en cada generación, poquísimos, y sólo con el tiempo estos pocos logran imponerla, por lo menos en apariencia, a la gregaria estimación de la mayoría. Y la mayor victoria de los tontos es la de obligar a los sabios a actuar y a hablar como tontos, ya sea para vivir con mayor tranquilidad, ya sea para salvarse en los días de las epidemias agudas de estulticia universal.

Mas no está dicho que la inteligencia razonador y esplendante sea la única escala hacia la grandeza. A veces también el genio, que la inspiración intermitente y efímera, puede coexistir con la tontería. La Fontaine, en sociedad, en sociedad, daba la impresión de un medio imbécil, y San José de Copertino parecía el hombre más bobo de sus tiempos. Sin embargo, hoy, hasta los más difíciles de contentar admiran en el primero el gran poeta y todos los cristianos veneran en el otro al santo milagroso.

Finalmente, es preciso no olvidar que los hombres de genio no llegarían a ser famosos si no consiguieran atraer además la admiración de los necios. El viejo Voltaire se preguntaba: “Combien de sots faut-il pour faire un public?” Pero luego se regocijaba al saber que las plateas de París aplaudían su Zaira y su Mahoma.

G.P.

Debo hacer un reconocimiento público a Marisol por hacer de mi conocimiento tan tremendo, revelador, sublime, audaz, claro y visionario texto

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