domingo, 4 de noviembre de 2007

Viaje a la capital del Imperio II

Mi llegada a Houston estuvo marcada por el desconocimiento total del Aeropuerto "intercontinental". Jamás había visto yo aeropuerto más enorme que ese. Por un momento temí perder mi vuelo de conexión. Además de las distancias, mi encuentro con migración tenía pinta de tornarse algo complicado. No fue así. Migración no fue tan complicado como pensé más allá del interrogatorio de cajón y el posterior fichaje terrorista. Las preguntas fueron, a qué viene? cuánto tiempo va a estar aquí? cuándo fue la última vez que estuvo aquí? a qué se dedica? a dónde va?. Todas ellas preguntas que seguro resultaron cotidianas para el oficial que busca defender su país contra un mundo plagado de gente dispuesta a sembrar terror en su fronteras.

El trayecto Houston - D.C. estuvo tranquilo, me ofrecieron bebida y un sandwich de pavo que me supo a gloria. Después de las 3 horas y fracción de vuelo finalmente llegué a la capital de un imperio bajo la oscuridad de la noche. Los miles de focos que iluminaban las calles dejaban de manifiesto lo grande en extensión de la ciudad. Grandes cuerpos de agua y calles saturadas de diminutos focos automotrices que evidenciaban el términos de otra jornada laboral y la hora de regresar al hogar.

El aeropuerto Ronald Reagan me recibió entusiasta, sin embargo, nadie estuvo ahí para presenciarlo. Un viaje que quedó marcado por el silencio de los usuarios del vuelo de continenental que sumergidos en sus pensamientos, sus libros o sus computadoras portátiles hacían de aquel vuelo algo impersonal y sin contacto alguno entre aquellos que compartíamos espacio.

A la llega me encontré con Fayruz, compañera de aventura a tierras norteamericanas que ya tenía rato de esperarme en el aeropuerto, llegó 3 horas antes que yo y tuvo que fletarse una espera un tanto prolongada gracias a que su vuelo salió más temprano y el mío se retrasó una hora por fallas mecánicas.

Pero bueno, más allá de los detalles singulares y personalísimos del viaje quisiera agradecer todas las facilidades y comodidades brindadas por el buen ciudadano Máximo Damm, a quien por desgracia no le pudo llegar una botella de Tequila 3 Generaciones que me fue confiscada en el aeropuerto de Houston. Sin embargo, quisiera yo agradecer de corazón al buen Max por haberme dado la posibilidad de conocer un poco de él y de otra perspectiva de los Estados Unidos. Siempre es bueno conocer las dos caras de la moneda y Max fue de gran ayuda para ello.


Por ello, aprovecho este espacio para agradecerle nuevamente y desearle toda la suerte del mundo en las empresas que emprenda en el próximo año, que estoy seguro que habrán de ser de suma importancia para los años venideros. Venga Max!

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