miércoles, 9 de enero de 2008

Linchamiento, un soplo en el corazón del Estado

El día de ayer mientras navegaba en la cotidianidad de la oficina, me topé con una noticia que me hizo pensar sobremanera en lo que este país está atravesando. Un joven de 20 años intentó abusar, al parecer sexualmente, de una chamaca de la misma edad en un poblado de Tlalnepantla.

La susodicha en cuestión al sentirse amenazada por el malandrín, comenzó a gritar pidiendo ayuda. Los vecinos de la comunidad de San Francisco Chimalpa en el Edomex salieron rápidamente para someter al tal Édgar Urdiñola, propinándole una paliza que seguramente no olvidará mientras viva.

El problema o lo que me llama la atención, no es la madrina que le patrocinaron, sino la intención de juzgarlo "autónomamente" al margen de las instituciones de seguridad pública de aquel lugar. El castigo era sencillo y un poco primitivo: quemarlo vivo, como en los tiempos de la inquisición hace 300 años.

A los pocos minutos llegó un contingente de 100 policías para evitar que Edgar fuera asesinado por la turba enardecida y digo turba porque era impresionante la cantidad de gente congregada para presenciar la atrocidad que se estaba cometiendo. El problema de esto es que había niños y jóvenes bromeando y chistando a 1 metro del sometido a quien amarraron a un poste de luz para que no escapara.

Esta situación es muy grave en 2 sentidos. El primero y el más evidente es en la nula confianza que los ciudadanos comunes y (muy) corrientes tienen ya respecto a las instituciones de seguridad. Este hecho no es gratuito. No es que a la gente le encante montar un teatro inquisidor o remomorar los antecendentes aztecas. La razón tiene que ver con el papel de las mismas institucioens y la corrupción e impunidad que impera en todas las esferas del servicio público. Una de las funciones primordiales del Estado, una de las razones por las que fue creado es para garantizar la seguridad y evitar que los hombres (tan pacíficos ellos) se maten y quemen entre ellos.

No hace falta ser un analista político encumbrado, ni mucho menos un clarividente para concluir que el gobierno mexicano y el Estado mismo han dejado de cumplir esta función mínima indispensable. El que la gente empiece a tratar de hacer justicia por su propia mano no es mas que un síntoma inequívoco de la decadencia de nuestro país entero, y no únicamente del gobierno, sino de la sociedad. Sobre este tema podrías discurrir y meter otros factores como el narcotráfico, la guerrilla, los asaltos, los secuestros entre otras cosas. Las autoridades son incapaces de atender esta demanda ciudadana y proteger al ciudadano. El problema no es por falta de elementos como fue el caso al que hacemos mención aquí, porque llegaron 100 tiras; el problema es porque los encargados de velar por la seguridad cotidiana muchas veces son los mismos que cometen toda clase de ilícito a costillas de la gente y el erario. Un tema que da mucho para cortar pero que yo solo denunciaré brevemente.


Por otro lado, no tan ajeno a la cuestión de la seguridad está el de la Educación, ¿qué se le está enseñando a todos los menores que rondaban el área y que reían y veían todo aquel acto como algo chistoso y simpático? Es terrible, implícitamente se les enseña a hacer justicia por su propia mano, con toda la injusticia que sea posible. Es alarmante y preocupante esta situación, estamos hereando nuestra incivilización, nuestros traumas, y nuestros miedos a las nuevas generaciones para que repitan los mismos errores que nosotros por décadas y continuemos sumidos en el subedesarrollo mental.

Desafortunamente, el único con la capacidad y legitimidad para poner solución y orden, es decir, el Estado, es en sí mismo, la causa del problema alimentado por los problemas históricos que nos aquejan desde tiempos inmemoriales. En fin, ya podremos seguir analizando la realidad que nos aqueja y hablar de cosas más agradables para la próxima entrada. Por lo pronto, les dejo la foto del infeliz.



Por cierto, la foto la tomé del Reforma y fue tomada por Rafael González.

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