jueves, 23 de abril de 2009

De lo cotidiano que no vemos


Se respira algo distinto en estos días, no hay duda. No se si es el inconciente o simplemente la sugestión de quien sabe que algo sucederá aunque no lo crea.



Hoy me puse a pensar en todo lo que uno hace en su vida cotidiana y que no se le pone atención. Son estas pequeñeces lo que causan nostalgia sobre vivencias del pasado. Hoy por ejemplo me puse a pensar desde que estacioné el carro en las ya sabidas 5 cuadras de distancia (por aquello del no-estacionamiento). El tiempo que me lleva caminarlas rodeado de árboles y una combinación extraña entre casas, casas-oficina y edificios que caracteriza a esta zona de la colonia del valle. Las reminiscencias de las jacarandas en el suelo evocando sus últimos días ante la inminente llegada del verano. El cielo azul.



Llegar a la cuadra y ver los clásicos jacales que privatizan lo público en beneficio de los que estén dispuestos a pagar 10 pesos por ahorrarse las 5 cuadras que el día de hoy motivan este escrito. Bajar los escalones que dan acceso al "coorporativo" buscando no salpicarse por esa fuente que ha sido renovada no menos de 4 veces en los 3 años que he atravesado sistemáticamente el umbral de la oficina donde he estado. Saludar al vigilante, subir al primer piso, pasar la credencial por el lector magnético, abrir la puerta y saludar a la primer cara amigable. Batallar con el lector biométrico de huellas digitales que ya no las lee desde hace como un año porque la estática que generaba y las pequeñas microdescargas (toques) han terminado por estropear el sensor. Hoy solo pasamos la credencial. Reparto unos cuantos saludos a la gente más cercana y me dirijo al extremo sureste de la oficina, este pequeño búnker que nos ha alojado desde tiempos inmemoriales (ja!) y cuenta con muebles exprofesos para nosotros, después de más de 18 meses de pugnar por ellos. Es un espacio agradable por el que han desfilado grandes personalidades de las Relaciones Públicas y privadas, desde Pandas hasta Fayosaurios. Desde condes que cuentan, apays, carrillos, panchos pantera, ocean's eleven, y demás personajes dignos de un best seller particular.



Siempre ha sido bueno poder asomarse por la ventana para ver cómo se desenvuelve la vida allá fuera, cómo Lázaro administra la parcela y ver la gente pasar.



Es aquí donde han transcurrido grandes eventos de los últimos años, cotidianos todos ellos, pero fantásticos. El reencuentro con gente de la universidad con quien nunca crucé conversación más profunda que un saludo (por aquello de la discriminación). El café de las mañanas, latte de cajeta y chocolate deslactosado. Los molletes y los panes de Sanborns con centro de piña. Los dulces, chocolates, cacahuates, tostadas, pasteles, quesos y demás peculiaridades culinarias que han hecho de los días comunes algo digno de recordarse.



Las despedidas de gente querida, el crecimiento de la oficina, de 4o personas pasamos a ser prácticamente 80 en tan solo dos años. La bonanza, la clausura, la crisis, las fiestas de fin de año, el autobús de la muerte y el Himno Nacional.



En este lugar se gestan recuerdos todos los días, es lo que se me viene a la mente mientras disfruto de unos molletes de la Finca de la VeraCruz y le doy un sorbo a mi chocolate.

1 comentario:

Abraham dijo...

Así es lo cotidiano, productor de nostalgias, pero también de crecimiento una ves que la paradoja coincide con la reflexión, pues lo normal, la rutina, el ritual, el protocolo, nos hace mirar a aquello que le hace falta a nuestra vida y nos empuja a cambiar esa monotonía, surgir de nuevo y emprender nuevos bríos.

Nunca hay que preguntarse por què todo tiempo pasado fue mejor, pues esa no es una pregunta inteligente.

Por otro lado, eso de la discriminación si está gandalla, pero no apelaré a ello, HAIL FÜRER!!!